.:  F a n f i c t i o n  :.



Camus x Milo



~ Blue Shadow ~ RELOAD

Kn: Hula owo
Camus: O__O
Milo: OwO
Kn: *W*
Milo & Kn: MUAJAJAJAJAJA _Ò0óXò0Ó_
Camus: … es verdad. Estás re-editando…
Kn: Claro owo no lo dije de mentira
Milo: *W* iwiii~ ovo quiero leer ya que tramas.
Camus: ò__ó ¡Tú lo que sea por no continuar!
Kn: … owo … ôwô; ¡Lean el fic!


Capítulo 1.

~kanashii yume no sekai de
ai suru hito mo naku~

*En un mundo de sueños tristes
Sin haber sido amado por nadie*


Había sido un día radiante, tanto como la sonrisa de Milo, aunque prometía ser una noche mucho mejor.

Desde hacía unos días Afrodita se había encargado de reunir un pequeño grupo de juerguistas para hacer una escapada al pueblo más cercano.
Y cuando él quería sabía hacer las cosas bien.

Hacía un año que las salidas se habían vuelto más frecuentes, pero Athena no culpaba a sus caballeros.
Hasta los guerreros más curtidos necesitaban relajarse de vez en cuando, un tiempo para sanar sus heridas.
Sin embargo, cada uno tenía su propia forma de reparar su alma y no siempre eran parecidas o aceptadas por todos.

A Shaka aquellas salidas no le parecían para nada apropiadas y había tratado de obligar y convencer a los demás de que meditar, analizar los hechos y recapacitar era mejor que beber, bailar y flirtear en los bares.
Por extraño que pareciera, había desistido en sus intentos después de hablar de ello decididamente con la diosa a la que servía.

Aunque seguía haciendo clara su postura, Milo y Aioria continuaban invitándole a salir con ellos.
La respuesta, obviamente, seguía siendo siempre un no.

Y esa noche, como todas aquellas que programaban ir de fiesta, Milo se estaba preparando para la ocasión.
Había elegido al ropa con anterioridad y había pensado en trenzarse el cabello.

«Pero a Camus le gusta como se ve suelto.» recordó súbitamente.

Dejó de manosearse los bucles para tratar de darles un poco más de protagonismo.
Tenía en la memoria uno de los pocos momentos en que lo había visto halagar a una mujer delante de él.
Dijo que le gustaban sus rizos. Y Milo sabía que su cabellera era igual de ensortijada.

Suspiró exasperado.
Por mucho que tratara no podía parecerse a una mujer.

Había oído uno de los rumores que corría entre los aprendices y caballeros de menor rango.
Decían que Camus y él eran algo más que amigos.

Y para que negarlo… era así.
Eran como hermanos, demasiado amigos como para ser algo más.

Aunque Milo reconocía que en más de una ocasión se había sorprendido pensando en el incesto.
Amaba a Camus desde que podía recordar. Pero tenía demasiado miedo a su reacción como para decirle nada.
Y era demasiado romántico como para dejarse llevar por la frustración en busca de un alivio que no lo iba a llenar sentimentalmente y que sólo iba a dejarlo con ganas de más.

Unos leves toques en la puerta de la parte privada de su templo lo sacaron de su ensimismamiento.

- ¡Ya voy! –gritó- ¡Un segundo!

Se miró por última vez al espejo y se prometió a si mismo vencer su miedo, aunque fuera a través del alcohol, y confesar su amor de una buena vez al francés.
Volvió a oír los golpes en la puerta y su ceño se frunció en un mohín lastimero.

Sabía que no lo iba a hacer. Era incapaz de declararse.
Pero últimamente las cosas eran diferentes. No sabía como explicarlo.

Los sentimientos de Milo pedían a gritos que los delatase, que dejara de ocultarlos como si fueran alguna clase de proscrito o de criminal.
No podría aguantar mucho más aquellos alaridos dentro de su pecho, se encontraba en situación límite y tenía que darles una vía de escape en breve si no quería volverse loco. Literalmente loco. De atar. De psiquiátrico.

Un vistazo a sus rizos y un movimiento de cabeza para alborotar más aún su ya de por sí rebelde cabellera y salió volando de su habitación.
Frenó ante la puerta, cuadró sus hombros y sonrió de la forma más radiante que pudo antes de abrir despacio.
Asomó la cabeza y su sonrisa dobló en intensidad.

- Hola Camus –saludó, abriendo un poco más la puerta-. Pasa si quieres.

El caballero de Acuario tenía el puño levantado, a punto para volver a llamar, las cejas levantadas y un brillo de escepticismo en los ojos.

- ¿Todavía no estás listo? –preguntó con aparente desinterés.

Milo se mordió el labio inferior, dejando ver su cuerpo entre el hueco del quicio y la puerta, apoyando el brazo en la madera.
Había detectado el hastío en su voz.

- Sólo es coger el abrigo.

Camus asintió y dio un paso atrás, mirando hacia otro lado, haciendo evidentes sus intenciones de quedarse donde estaba.

«Empezamos bien la noche.» sentenció Milo acompañando el pensamiento con otro de sus suspiros ofuscados «Y yo que quería invitarlo a una copa antes de salir…»

Pivotó sobre un pie y arrastró sus pasos hasta el salón, donde estaba su abrigo tirado sobre el sofá.
No le hacía falta comprobar que todo lo que necesitaba estaba allí, lo había hecho con anterioridad y no quería que su amigo se impacientara más de la cuenta.

Se puso la prenda mientras caminaba por el pasillo y sacó su mata de rizos en un movimiento estudiado que Camus logró entrever desde su posición.
Salió y cerró la puerta, dándole la espalda al pelirrojo que lo miró de arriba abajo mientras Milo echaba la llave.

Sabía que aquel abrigo era su preferido por lo bien que le sentaba el corte y el color miel del tejido.
Y sabía perfectamente que aquellos pantalones de cuero negro sólo los vestía cuando pretendía llamar la atención.
Camus arrugó la nariz, pero no comentó nada sobre la indumentaria del otro caballero.

- ¡Ya está! –anunció- Podemos irnos.

Empezaron su camino hacia la salida del templo, andando a buen ritmo pero con cuidado de no resbalar en el mármol nuevo que cubría las escaleras.

Las obras de reconstrucción se habían llevado a cabo en menos tiempo del que todo el mundo creía que iban a necesitar y ahora, las doce casas, parecía el mismo lugar idílico que Athena mando construir en tiempos inmemoriales.

Milo no pudo resistir el silencio por mucho más tiempo y antes de llegar al noveno templo ya estaba informando a Camus de todas las novedades de las que se había podido enterar, que siendo habitual compañero de charlas de Afrodita eran muchas.

- … y resultó ser un chico ¿tú te lo crees? –preguntó con vehemencia- Aioria seduciendo a un jovencito.
- Ahá… -colaboró Camus.
- Aunque Irene me dijo que parecía una chica.

Camus giró su rostro por un momento hacia Milo y después volvió su atención de nuevo a sus pies.
En más de una ocasión el francés había pensado que a su amigo le gustaba aquella muchacha, incluso se había planteado preguntárselo directamente.
Pero Camus no era así.

Milo corrió unos pasos delante del pelirrojo y empezó a caminar hacia atrás, mirando a su amigo.
Mostró esa sonrisa dulce que, Camus estaba convencido de ello, sólo le enseñaba a él.

- La verdad es que no sé si al final se lo llevo a la cama o no, no sé si preguntárselo… ¿Qué dices? –el chico paró justo delante de Camus, sin dejarlo avanzar- ¿Se lo pregunto o no?

El francés rodó los ojos ligeramente y se encogió de hombros.
Esa sonrisa de Milo tenía la cualidad de ponerlo nervioso, así que empujó un poco el hombro del griego para instarlo a caminar.

- Si tanta curiosidad tienes…

Milo dejó el paso libre a Camus y empezó a avanzar a su lado, saltando de piedra en piedra y haciendo equilibrios con los brazos extendidos.

- Está bien, le preguntaré.

El francés respondió con un silencio que casi parecía avasallador.

- ¿Pasa algo Camus? –indagó el otro, andando de nuevo de forma normal- ¿Camus?

Camus estrechó sus párpados, dejando ver tan solo una rendija de sus ojos rojizos.
Milo siempre había sido compañero de travesuras de Aioria, pero cuando no estaban tramando algo juntos estaban discutiendo.
Con el tiempo y los años su entrenamiento los absorbió por completo y dejaron aquella relación contradictoria congelada.
Pero durante aquel año de paz habían retomado su amistad, haciendo de ella una más sana y consolidada.

A veces, el francés envidiaba la capacidad de Aioria de hacer reír al chico que lo miraba preocupado a su lado.
Él no era capaz de hacer algo así.
Milo siempre le dejaba claro que su mejor amigo era él, pero desde hacía tiempo no tenía la seguridad de que así fuera.

El rubio era demasiado sociable para su gusto.
Pero Camus nunca había sido acaparador y no iba a empezar a serlo ahora.

- Camus, dime algo… –protestó Milo, con unas pequeñas lágrimas fingidas escapándose de sus ojos.

Subió sus puños hasta la barbilla y esperó a que el gesto surtiera el efecto deseado.

- ¿Tanto te interesa?

Milo parpadeó confuso.

- ¿Uuh? ¿El qué? –contestó con elocuencia.

Camus cruzó sus brazos y paró su andar.
Miró inquisitivamente al griego.

- Si Aioria se llevó a ese muchacho a la cama.

El rubio se dedicó a inspeccionar el cielo nocturno en busca de la respuesta adecuada.

- Bueno, no es que me interese, es curiosidad felina.

Milo sonrió con malicia, adoptando una expresión gatuna.

- Tú no eres un gato –sentenció Camus.

Milo decidió a imitar a un gatito simplemente por llevarle la contraria al caballero de Acuario, restregando su cabeza en el hombro de Camus y ronroneando.

- ¡Estate quieto Milo! –ordenó Camus incómodo- ¡Déjalo!

Milo se aprovechó del momento y amarró sus manos al brazo de su amor platónico, sintiéndose infantilmente malvado.

- No, no quiero. –dijo entre ronroneos varios.
- ¡Milo! –gritó más turbado que furioso.

El rubio lo soltó en un movimiento rápido y fluido, al igual que la risa que brotó de su garganta.
Le costó cuatro pasos de Camus calmarse y volver a su lado, disculpándose con una sonrisa y las mejillas coloreadas por las carcajadas.

- Lo siento… -empezó- Sólo quería que te animaras, no me gusta verte con la cara tan larga.

Camus lo observó de reojo, subiendo su barbilla y bajando una ceja partida.

- Si no pareces un caballo, y te digo, ese look no te favorece para nada.

Milo tomó uno de sus codos con la mano contraria y movió el índice de un lado a otro, imitando la pose típica de Afrodita cuando hablaba sobre moda.

- Algún día, Milo, algún día… –le dijo Camus con tono amenazante.

Milo lo miró con inocencia impresa en su rostro.

- ¿Si, Camus? –preguntó.
- ¡Algún día te mataré!

Milo empezó a correr escaleras abajo, después de haber esquivado el zarpazo de su amigo que lo perseguía sin saber si reír o enfadarse de verdad con las tonterías del griego.

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Kn: ¿y qué? ^0^
Milo: .O. lo duplicaste!
Camus: …
Kn: Sí OWO con extra de queso y batido de chocolate.
Milo: me das hambre =w=
Camus: …
Kn: ¿Algo que añadir, Camus ¬v¬?
Milo: o.o eso, eso.
Camus: nh… ahora parezco más yo u_ú
Kn: Ju, ju, ju =W=


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