.: F a n f i c t i o n :.
Camus x Milo
· Dear Child ·
Prólogo.
Se cayó de nuevo, pero no cejó en su empeño.
Dos manos cálidas se tendieron frente a él y las apresó decidido. Pronto notó
como lo levantaban, poniéndose en pie de nuevo.
Dio un paso vacilante, sin dejar de agarrarse a aquellas manos protectoras. En
cuanto notó que todo estaba en sitio se atrevió a dar un paso más.
Las manos se alejaron de él, y notó, más que vio, los pasos de esa persona
alejarse un tanto. Él estaba demasiado ocupado mirando como sus piernas lo
sostenían sin caerse.
Un tenue gruñido emergió de su garganta y sus pequeños rizos se agitaron cuando,
sin precedente, empezó a correr. Ese acto causó más revuelo que el que podía
imaginar, aunque para él había sido toda una revolución.
Cayó de nuevo, pero no tocó el suelo. Las manos suaves lo sostuvieron y tiraron
de él hasta hacerlo volar por los aires.
– ¿Has visto eso? –preguntaba la madre orgullosa– ¡No sabe caminar y ya quiere
ir corriendo!
El padre contestó a sus palabras con una risa baja y gutural.
– Será digno de su posición –habló el hombre–, parece que siempre quiere
superarse.
El niño rió feliz, aunque no duró mucho sin que empezara a removerse. La mujer
dejó al bebé en el suelo y anduvo tras él, vigilando para tomarlo si caía de
nuevo.
Pero el niño fue capaz de caminar hasta la manta en la que su hermana reía,
viéndolo corretear. El pequeño se dejó caer sobre su trasero y ambos no tardaron
en enzarzarse en una pelea que terminó en abrazos y risas.
La madre suspiró y dibujó una sonrisa triste en su rostro. Los mellizos eran
casi idénticos, sólo los diferenciaba el sexo.
Se sentó al lado de su esposo y este pasó un brazo por sus hombros, apretando el
antebrazo y adivinando sus pensamientos.
– Ya tienen casi un año.
La mujer no dijo nada, asintió con un movimiento lento de cabeza.
– El entrenamiento empezará dentro de poco.
– ¿En serio seremos capaces de separarlos? –habló ella, con el ceño fruncido– Es
cruel el destino que les espera.
– Es ese el método –el hombre suspiró, apretándola contra su cuerpo–. Tu mejor
que nadie deberías saberlo.
– Se ven tan felices juntos...
Los dos callaron, observando como los dos hermanos ahora se entretenían
observándose el uno a la otra, en un juego silencioso pero aparentemente
absorbente para los dos.
– Ha sido así siempre –rompió la madre el silencio–. Reencarnación tras
reencarnación.
La niña empujó al niño, tomándolo desprevenido y haciéndolo caer. Rieron de
nuevo y se enredaron en otra pelea amistosa, ignorando el hecho de que vida tras
vida, la pelea que ahora les unía era lo que siempre los separaba.